Percho mi inconformismo y alarmo mi impaciencia. Cambio la etiqueta (lo desganado por lo alegre) y a continuación, doblo todo bien puestecito junto a las camisetas y las dudas. LLega el pedido de otoño, con pensamientos nuevos y cazadoras. Quito el plástico que envuelve la tristeza, agrupo bien los ánimos por talla y tipo de tejido. Todo correcto en el albarán, excepto algún que otro resentimiento que viene de más... o de menos. Después alarmo los deseos (con alguno me pincho) y etiqueto miradas erróneas y falsos juegos para que todo sea igual y no confunda a las clientas. Clientas que preguntan constantemente por colores y tamaños pero nunca por latidos. Al final de la tarde siempre quedan montones de esperanzas perdidas entre la ropa, que intento ordenar, pero siempre me queda alguna para el día siguiente.
Lo raro es que no acabe soñando con perchas...
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