Los reencuentros con el pasado siempre son intensos. Y si el reencuentro se sucede en el lugar de los hechos mucho más. Si puedo voy a verte, te hablo y me contestas con olas. Por un instante te siento de nuevo junto a mí con los piececitos hundidos en la arena. Pero de repente te esfumas y vuelven tus cenizas. Las ausencias duelen más que la nostalgia. Me cuentan cosas nuevas, te reviven y me emociono porque te amplian y consigo más de tí. Echo de menos tanto... Esa amistad tan pura, tan entregada, tan sincera, tan mútua. Nuestro lugar sigue pero todo es distinto. Tuvo su momento y se perdió (como lágrimas en la lluvia). Recuerdo con morriña los buenos ratos, que fueron muchos. Pero tu pérdida es lo único que lamento. Aquel chaval que me ayudaba a robar palés para hacer nuestra propia hoguera de San Juan, el que me cogía la mano con fuerza sin preguntar cuando me notaba triste, el que me traía pajarillos heridos para salvarles, el que llamaba a mi puerta con una sonrisa invencible... aquel chaval que disfrutaba de la vida con la misma pasión que yo.
Madre mía, como es posible que te pueda añorar tanto todavía... maldita sea (otra vez)
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