Las esperanzas, las ilusiones, los deseos, las metas, los sueños...
a menudo ahogan bastante más que el miedo y el desconcierto.
Porque lo que no esperas duele, pero lo que esperas y no llega, machaca.
El tiempo lo cambia todo. El tiempo todo lo cura. Tiempo al tiempo. Siempre el tiempo. Todo gira entorno al tiempo. Las cosas suceden, los sentimientos se tienen, las heridas se curan. El tiempo nos transaforma, nos cambia, nos deforma, nos define y nos protege. Es el enemigo y el aliado, la tormenta y la calma. Vivimos en el tiempo. Le soportamos, le rogamos, le deseamos y le descuidamos. Somos títeres a su paso, sin excepción, todo el mundo, sin diferencia. Todos iguales ante el tiempo. Todos frágiles y dependientes, marcados, encadenados y resignados. Pero si no fuera por el tiempo, por su paso, por su indiferencia, por su gran valor, todos estaríamos exageradamente perdidos.

Nos marcamos objetivos. Siempre. Aunque no nos demos cuenta. Hacemos todo por una finalidad concreta, por llegar a un fin, por conseguir algo. A menudo el objetivo comienza y cambia. Según transcurre el tiempo, perdemos su rumbo y se transforma. Y cuando nos queremos dar cuenta, el objetivo es distinto (o queremos que sea distinto). Nos quedamos desconcertados cuando no reconocemos lo que nos propusimos. Nos asustamos, nos angustiamos, nos consolamos y finalmente, buscamos otro objetivo que le sustituya. El problema es la inercia, nos acostumbramos a un camino y después, resulta difícil salirse de él. Sabes que no quieres (o no puedes) llegar al destino, pero aún así, sin querer, sigues caminando. Te lamentas, te tropiezas, te arrepientes pero sigues. No puedes evitarlo, es un lastre muy humano. Nos resulta fácil marcarnos los objetivos, pero no olvidarlos.
Me equivoco. Quiero acertar pero me equivoco. El reflejo es tan fuerte que me impide ver la realidad. Hago daño. Lo se porque a mí me hacía daño. Luego te compensa y lo recuerdas con un intenso cariño. Pero el luego tarda a menudo demasiado. Hay que saber controlar el tiempo y hay que saber cuando parar. Respetar el dolor de las heridas cuando todavía no son cicatrices. Remuevo constantemente la arena y creo olas. Es cruel. Y también rematadamente dificil controlarlo. Entiendo tanto el vacío que quizá por eso no puedo dejarlo. Pero debo hacerlo, no puedo seguir machacando. Amanece y sólo puedo escribir. Necesito escribir. He tomado una decisión y cuando elijo quiero ser firme. Seguiré ahí por siempre, para siempre, pero debo aceptar que no puedo solucionar nada, por mucho que intente convencerme de ello. 
