En algún momento cambié. Dejé de planear todo tanto. Me olvidé de organizar los meses, y ya sólo planificaba días, a veces incluso sólo horas. Supongo que me di cuenta de que las cosas suceden sin más, de que planificar es un excusa para esconder el miedo, para prepararnos. Tengo la sensación de que empiezo a cargar la mochila de nuevo, llenándola de ilusiones, de miedos, de dudas, de tormentos, de esperanzas y de alientos. Se acerca un otoño de suspense, incierto y arriesgado, sin nada que perder pero con mucho por probar.
Son más de la una. Mi pie izquierdo respira fuera de la sábana. Tengo los rizos esparcidos por la almohada, parecen cansados o aburridos. Miro mi habitación con desgana, hay demasiados recuerdos para esta noche. Siento que me atacan todos a la vez, gritándome. Acabo de ser consciente de que tendré serios problemas con la futura mudanza. Todo me parece valioso. Todo es importante, todo implica un momento, todo significa algo. Pero no puedo llevar todo conmigo.
Y claro... elegir nunca fue mi fuerte.

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