Siempre he sido de apreciar los sabores y los atardeceres. De dolerme mucho las palabras y de escalofrío fácil. Una persona fuerte, poco valiente pero con muchas ganas. El viento me enseña lo rápido que avanza el mundo mientras yo todavía no me he terminado la cerveza. Tanta velocidad me produce vértigo. Me estresa. No explotar la vida me angustia pero la masificación me agota. Tengo sueños e ilusiones para exportar y un montón de sonrisas y ánimos que me sirven de careta. Pero hay días en los que la temperatura, el aire y la multitud me sobrecoge por completo, perdiendo así la noción de mi propia existencia. 

Me saturo yo solita con ridículos pretextos y camino envuelta en mi banda sonora, olvidando que el mundo gira sin oirme. Pero tarde o temparano, tengo que quitarme los cascos y enfretarme de nuevo a mi misma... y al resto.
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Se me consumen los días como cigarrillos olvidados en un cenicero.
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