jueves, 2 de septiembre de 2010

En el extremo más afilado

Oímos voces sin consuelo, gritos inconformistas y apesadumbrados. Noches sórdidas, largas, consumidas. Saturadas de latidos inquietos y respiraciones cortas. Apestadas de nudos y vueltas, de sábanas prietas y sudores secos. Noches eternas e implacables. Frías, hirientes, llenas de metralla y desconsuelo.
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Nos quedamos indefensos, frágiles. Esquivando golpes y saltando piedras. Atravesamos el mundo, no lo observamos. O peor, desistimos y jamás nos desnudamos. Coleccionamos daños y secretos, miserias y remordimientos. Perdemos el rumbo, nos alejamos, nos rendimos.
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Todo es mentira, todo es verdad. Nada gira y nada nos conmueve. Sentimos un montón de historias, nos chocan miles de neuronas. Elegimos, dudamos, morimos un poco en cada pérdida. Nos miramos el alma invisible y suspiramos, siempre suspiramos cuando no vemos.
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Luego están las lágrimas, las buenas y las falsas. Las que surgen de ojos cansados y tristes, las que dicen ser algo y son otra cosa, las involuntarias que acaecen sin intención y sin licencia. Lágrimas rotas y rajadas, en silencio y a solas. Pero al final, en el extremo más afilado del tormento, están las retenidas, las castigadas, las más jodidas.

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