La mayoría tendemos a lo tercero. Es como un dispositivo de autodestrucción. Una vía de escape con la puerta cerrada al final. Cogemos uno, dos o mil pensamientos y nos machacamos. Convirtiendo las sensaciones en realidades y las realidades en obsesiones. Jugamos con ellas a ratitos. Las maldecimos, las disfrutamos, las aumentamos y las disminuimos. Hasta que el juego se pasa de rosca y las obsesiones se transforman en débiles e indefensos suspiros o bien, en serias comeduras de cabeza. Y cuando se convierten en lo segundo, ya podemos ir buscando un buen centro de desintoxicación emocional.

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