domingo, 11 de diciembre de 2011

Mi cama de noventa

Anoche me quedé despierta, encogida en una esquina de mi cama, mi cama de los últimos años, mi cama de noventa que ha soportado lágrimas nocturnas inconsolables, escritos lastimeros de medianoche y suspiros ahogados que nadie oía. Mi habitación me sobrecoge, me mira con desconfianza, como si hubiese metido todo mi pasado en una caja gigante para dejarla apartada en una esquina.

Ahora mi cama mide más de un metro y somos dos. Ya no caben los fantasmas, ni los tormentos. Ya no tengo mi burbuja, ni mis madrugadas. Ahora mi cama sólo es una cama. Hace semanas que no necesito escribir para coger aire. Apenas me inundan las palabras, y si lo hacen, no tienen la suficiente fuerza. Supongo que sigo siendo yo, con mis existencialismos y mis nudos, pero se quedán por ahí... flotando con el vapor de la ducha o volando con la niebla de la mañana. No me torturan, no me angustian. La fuerza del cambio me impulsa, sólo hay tiempo para mirar hacia delante. Y esa autoinstrucción de supervivencia es la que no me permite caer, la que me impide ser vulnerable.

Sin embargo, cuando me descuido un segundo, y sin querer miro un poquito atrás y recuerdo todo lo que tuve, todo que he dejado, todo lo que he sentido. Me alejo... y el pasado me golpea con fuerza.

Mi burbuja siempre se quedará aquí, en mi cama de noventa.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario