Les miro con envidia mientras espero. Siempre me han gustado los gritos, el olor a manualidades, los colores, la entrañable paciencia. Pero sólo puedo quedarme aquí, observando desde un banco, esperando sin más responsabilidad que una hora y media al día, bajo supervisión y sin criterio. Así no se puede avanzar, sin oportunidad no hay resultados. Un niño acaba de llamarme profesora, para ellos es todo mucho más sencillo. Dos minutos después, la realidad laboral y adulta te golpea de nuevo mandándote a casa con mucha lengua que morder y un montón de ilusiones que seguiré arrastrando por los siglos de los siglos. Mientras tanto, voy abriéndome camino como que no quiere la cosa allá por donde no miran.

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